Alternativas que descubrir
El ministro Valeriano Gómez, que fue presentado como la gran esperanza blanca del Gobierno para encaminar las soluciones al gravísimo problema del paro, se nos ha despachado con unas declaraciones, diciéndonos que nos augura una década de “moderación y sensatez salarial”. No un año, ni dos, ni tres, sino nada menos que diez años, de moderación. Lo dijo tras conocerse que hemos alcanzado el récord de 4,3 millones de personas en paro, para insistir en que “hay que moderar los salarios reales”.
Estamos en plena etapa de recortes de todo tipo, en materia de educación, sanidad, servicios sociales o previsión social, a los que, los siempre bienpensantes políticos de turno, les llaman ahorros en lugar de recortes.
En el plano individual y familiar los ahorros o recortes son también obligados por las disminuciones de ingresos y el encarecimiento de los precios. No se vislumbra un futuro esperanzador a pesar del voluntarismo de los más optimistas. La realidad está siendo más tozuda que la voluntad. Es más. Hay que tener presente que el coste social de los recortes lo vienen pagando siempre los más desfavorecidos por motivos de clase social, de género o de etnia, generalmente.
Ante esta situación de rigidez, cuando no de pérdida, de salarios, cada vez más generalizada, y de disminución del amparo protector del estado del bienestar, nos preguntamos si otro tipo de vida es posible para adaptarse a las condiciones que genera esta crisis.
Algunos están encontrando soluciones parciales, basadas en la solidaridad y en posiciones alternativas a las del intercambio monetario tradicional. Se dedican a la horticultura urbana, cultivando verduras para su propio consumo; recogen enseres en la calle que los rehabilitan para el uso; intercambian con otros, productos, enseres u otros objetos para su aprovechamiento; intercambian servicios, libros, películas o música; comparten el uso de electrodomésticos, el coche o incluso se facilitan préstamos sin interés entre personas que no son familiares; también se dedican al cuidado benévolo de niños o de personas mayores. Podemos constatar datos de la frecuencia de dichas prácticas alternativas en un estudio realizado por el Instituto Opina para la Universitat Oberta de Catalunya (UOC).
Tal como están las cosas, estas nuevas realidades sociales son las que permiten que no caigamos en el pesimismo. Siempre podemos crear un pequeño huerto urbano en casa, en un espacio comunitario o en la comunidad de vecinos. Podremos ejercer un modo tranquilo de vida y en contacto con la naturaleza, cultivar productos ecológicos para nuestra propia alimentación y hacer un tipo de vida mucho más sostenible y solidario. Todo es empezar.
Tenemos muchas alternativas y experiencias que descubrir y ejemplos no nos faltan. Como el de la horticultura urbana.
Josep Arenas
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